Blablabla
Tengo en la cabeza una frase genial, pero a estas alturas del relato más vale no malgastar frases geniales, porque sólo pensar que me quedan tantas líneas que escribir me entraría una ansiedad más que justificada, y cuando me entra ansiedad me sudan las manos y los dedos se me resbalan entre las teclas del ordenador y comienzo a utilizar demasiadas conjunciones copulativas e inevitablemente pienso en cópulas y eso me multiplica la ansiedad por cinco o seis mil y entonces sí que las teclas adquieren vida propia y asdfgñlkjh, porque las teclas no saben escribir más que eso, y también qwerty, blablabla e incoherencias semejantes que no llevan a ninguna parte, como tú y yo, que tampoco sé si vamos a alguna parte, como las teclas de mi ordenador cuando me resbalan entre los dedos y se mezclan entre sí y adquieren una poderosa y adulterada inercia que me lleva i-ne-vi-ta-ble-men-te a tus caderas con aquellos pantalones exagerados; no, no es sobre tus caderas la frase genial, y aún es pronto para usarla, porque todavía estamos por la mitad del relato y aún queda mucho por delante, y muchas vueltas y visitas al diccionario y distracciones en forma de ventanas que se abren, que a veces querría dejar los sentidos aparte cuando escribo y te pienso, y te siento y te busco y me pierdo a pesar del vértigo que me da cuando me miras y me haces preguntas y me reduzco a un estadio muy primario de mi evolución, cuando no se me ocurrían frases geniales y sólo me salían balbuceos prendidos con chinchetas, y me dan ganas de meterme en un espacio dentro de otro espacio dentro de otro espacio y de construir varios muros entre tú y yo, y colocar cámaras de videovigilancia para que no se te ocurra nunca más mirarme de esa manera en la que me miras, como si nunca hubieras mirado a nadie antes, atándome de pies y manos y agobiándome las metáforas y reduciendo a ruinas mis frases geniales; y de éstas me quedan pocas, muy pocas como para gastarlas en relatos que no hablen sólo de ti y de tus caderas y de esa mirada que me ata de pies y manos y me agobia las metáforas y no me deja escribir sin pensar en cópulas y multiplicar la ansiedad por cinco o seis mil, blablabla.








